Un abrazo no soluciona un problema. Pero cuando las palabras no sirven, cuando un "lo siento" suena a cumplido, entonces, ahí, el abrazo reconforta, aún a distancia, porque sientes que el dolor, la rabia son compartidos, al igual que en otros momentos compartimos risas. La impotencia de no poder solucionar nada, la injusticia de quienes se creen superiores por tener tal cargo y juegan con el futuro de las personas, sin valorar su esfuerzo. Todo lo que siento en este momento no se expresa con palabras, por eso te abrazo fuerte, con un abrazo rompecostillas, de los míos, de los que, atravesando océanos, siempre llegan.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Para tí...
viernes, 25 de septiembre de 2015
Ente (III)
Aitor entró en casa con una sensación de fracaso y sin mediar palabra con nadie, se encerró en su habitación. Miró el ordenador, pero no se atrevía a conectarlo. Así estuvo un rato, hasta que por fín lo encendió.
La pantalla se iluminó y Aitor comenzó a leer:
- Has cometido un fallo cuando ya estabas a punto de salir del laberinto. Tendrás una penalización de 500 puntos. Te doy una última oportunidad de salir, si fallas jamás recuperarás tu vida, tu mente me pertenecerá para siempre. Pero ahora la prueba será más difícil. Volverás a la parada de autobús y matarás a la chica. A las ocho de la tarde está todos los días. Después irás a la boca del metro, bajarás las escaleras y serás libre.
Al día siguiente, Aitor buscó en la cocina algún cuchillo u objeto punzante. Se decidió por una navaja, era pequeña, ocupaba poco espacio y estaba bien afilada.
A las ocho estaba junto a la parada, al otro lado del semáforo vió a la chica ciega esperando el sonido que advertía que el semáforo estaba verde. Comenzó a sonar y ella cruzó ayudada por su bastón. Llegó a la parada e hizo intento de sentarse. Aitor miraba con ojos inexpresivos, fríos. No dió tiempo a que ella se sentara, se abalanzó y hundió la afilada navaja de lleno en el corazón.
Tiró la navaja al suelo, como si quemara. Esta vez no sintió satisfacción alguna con la "prueba negra". Como si despertara de una pesadilla, Aitor descubrió la realidad y se miró la mano cubierta de sangre.
Un coche que circulaba en ese momento junto al lugar de los hechos, se detuvo. El conductor salió rápidamente y redujo a Aitor, que estaba desorientado. Resultó ser un policía que estaba fuera de servicio y que casualmente pasaba por allí.
Aitor fué a la cárcel. El policía fué condecorado. Se llamaba Enrique Teruel y aunque pertenecía a la brigada científica, no era la primera vez que se había enfrentado a delincuentes en la calle. Su trabajo era más bien de oficina, era un experto informático. A sus compañeros les decía que estaba creando un juego y que cuando lo perfeccionara se haría famoso.
Enrique entró en su casa satisfecho. Dejó las llaves sobre la mesa y fué derecho al ordenador.
JUEGO DE ENRIQUE TERUEL "ENTE" - era lo primero que podía leerse.
Luego escribió con el teclado:
Asesino 23 Aitor.......Víctima Sara
- Cuando llegue a 25 pondré un premio especial-dijo en voz alta-
Encendió un cigarrillo y puso música clásica, luego se sentó en su sillón favorito y desde allí contempló sus condecoraciones, que tenía enfrente, una sonrisa malévola brotó en su rostro. Cerró los ojos y se adentró en aquella música que le envolvía casi hasta el éxtasis.
Rober caminaba deprisa hacia su casa. El cielo estaba cubierto y amenazaba lluvia. El viento soplaba y formaba remolinos con las hojas caídas de los árboles, era otoño, al fín refrescaba, después de un caluroso verano. La calle estaba más desierta de lo normal, sólo se escuchaba el soplar del viento..., y unos pasos. Rober miró detrás pero no vió a nadie. Caminó más deprisa cuando empezó a llover y los pasos sonaban ahora más rápidos...
domingo, 20 de septiembre de 2015
Ente (II)
Ya de regreso, Aitor hizo el mismo recorrido que el dia anterior. Salvo que tuviera que ir a algún sitio, generalmente siempre volvía a casa por el mismo camino.
Miraba a todos lados por ver si alguien le seguía. Pero no escuchó pasos ni vió a nadie. Casi llegando a casa oyó unas pisadas cada vez más cerca. Aitor se detuvo como para encender un cigarrillo. Un hombre pasó por su lado adelantándole, su paso era ligero, como si llevara prisa. Pronto desapareció de su vista tras doblar una esquina.
Llegó a su casa y no pudo pasar de largo sin mirar las huellas del jardín, que seguían ahí, profundas, pero trató de no darles importancia y no obsesionarse más.
Se preparó la merienda y encendió el ordenador, como ya era costumbre. De nuevo apareció en la pantalla una invitación al juego del laberinto. Aitor lo cerró, pero al rato volvió a ocupar la pantalla con sus luces intermitentes. Lo cerró una y otra vez, hasta que, harto y también movido por la curiosidad, pinchó en el play.
"Acabas de entrar en mi juego. Mi nombre es Ente y a partir de ahora tu vida está en mis manos. Solo la recuperarás si logras salir del laberinto, para lo cual deberás superar varias pruebas. Habrá pruebas de color blanco o negro, dependiendo del tipo de prueba. El blanco estará relacionado con el bien y el negro con el mal. Ahora tu mente me pertenece. ¡Suerte!".
Aitor pulsó "Continuar" y entonces apareció "su" laberinto. El recorrido era el que hacía todos los días desde la salida del metro hasta su casa. Aparecían todos los comercios, viviendas y lugares por donde transitaba a diario.
Para salir del laberinto debía hacer el trayecto a la inversa, es decir, desde su casa hasta la boca del metro.
La primera prueba era blanca. Debía sacar a pasear al perro de la vecina que se encontraba en la cama con fiebre a causa de la gripe.
Aitor se rió, no haría eso ni ninguna otra cosa. Cerró el ordenador.
- Vaya juego tonto-masculló-.
Salió al jardín y se sentó a leer en una hamaca. Su madre volvía de casa de la vecina.
- Montse está con fiebre. No puede moverse de la cama. Le prepararé un caldo.
Aitor levantó la mirada por encima del libro pero no dijo nada.
Al rato, su madre salió apresurada con un pequeño puchero entre las manos. Aitor se levantó y echó a correr tras ella.
- Espera, te acompaño.
Su madre le miró extrañada pero le sonrió. Abrió la puerta con la llave que le dió Montse y fué derecha a la habitación con el caldo.
Aitor se rezagó y buscó por la casa a Choco, el perro de Montse, que ni siquiera les había ladrado al entrar. Estaba tumbado en una alfombra y al acercarse Aitor comenzó a mover el rabo. Le acarició la cabeza. El perro le miraba como queriéndole decir algo, casi suplicando.
Aitor fué entonces a la habitación de la vecina y se ofreció a sacar al perro a la calle mientras Montse estuviera enferma.
- Gracias, es un detalle de tu parte.
Aitor puso la correa a Choco y lo sacó de paseo.
A partir de ese día Aitor se mostró diferente. Parecía haberle cambiado el carácter, se volvió introvertido, pasaba más tiempo en su habitación junto al ordenador.
- ¡Ente!
-¿Quién es Ente?, dijo su madre que justo pasaba por delante de la puerta de su cuarto.
- Ehhh...Vicente, un amigo. Ente es un diminutivo.
La siguiente prueba también era blanca. Aitor debía ayudar al frutero a repartir la fruta a domicilio. Su hijo se había roto una pierna al caerse de la moto y no podía conducir. Aitor fué a la frutería a comprar un kilo de manzanas y se ofreció de repartidor.
- Gracias Aitor, te daré una buena propina.
- No, gracias, señor Paco, no se preocupe, lo haré gratis.
Cargó las cajas en la furgoneta y se fué a repartir.
Paco, el frutero, le miró extrañado, nadie rechaza una propina, ni se ofrece a trabajar gratis.
La tercera prueba era negra. Debía romper el cristal de la farmacia y robar algo del escaparate. Aitor comenzó a sudar, nunca había hecho nada parecido y pensó que no sería capaz.
Esperó a que cerraran, y cuando empezó a anochecer, Aitor tomó una enorme piedra que estampó contra el cristal de la farmacia. Saltó la alarma. Aitor cogió una caja de pastillas del escaparate roto y salió corriendo. Sintió la adrenalina recorriendo su cuerpo hasta llegar a la cabeza.
A partir de ahí, prefirió las pruebas negras, esa sensación de conseguir escapar, ese vértigo del riesgo. El mal se imponía sobre el bien para Aitor.
Así continuó intercalando pruebas de color blanco y negro.
Casi al final del recorrido del laberinto, le salió otra prueba negra. Debía robar el bolso a una chica que todos los días espera el autobus a la misma hora en la parada que está al lado del metro.
Aitor miró desde lejos. Eran las ocho de la tarde. Una joven permanecía sentada en el banco de la marquesina de la parada del autobús 70, justo al lado del metro. Se acercó con decisión, la prueba era fácil, un simple tirón y ya estaba. La chica llevaba en la mano derecha un bastón, eso contrarió a Aitor, era ciega. Cuando ya se encontraba junto a ella, Aitor vaciló, hizo un intento de robarle el bolso, pero no pudo..., luego apareció una mujer que se sentó junto a la chica invidente.
Aitor regresó a casa cabizbajo.
viernes, 18 de septiembre de 2015
Ente
Caminaba deprisa por la calle, soplaba el viento y amenazaba lluvia. Su casa aún quedaba lejos, aceleró el paso cuando vió el primer relámpago. Casi al mismo tiempo rompió a llover. Sintió unos pasos tras él, se volvió pero no vió a nadie. Echó a correr, la lluvia mojaba toda su ropa. Volvió a escuchar los pasos, ahora más deprisa, como si alguien corriera queriendo alcanzarle. Aitor se detuvo en seco. Se dió la vuelta para ver quien era. El agua resbalaba por su cara y calaba todo su cuerpo. Pero la calle estaba desierta. Caminó entonces de espaldas intentando ver si había alguien escondido por algún lado. Mal dia para andar con juegos, pensó. Se dió la vuelta y siguió corriendo hasta llegar a su casa. Atravesó el jardín hundiendo sus pies en el barro y al fin llegó a la puerta. Ya dentro de casa, Aitor se cambió de ropa, se preparó un sandwich, abrió una cerveza y se encerró en su habitación junto al ordenador. Se pasaba horas mirando páginas de aviación, estudiaba para piloto, y chateaba con compañeros y amigos con su misma pasión. Un trueno hizo temblar el cristal de la ventana. Aitor se levantó para bajar la persiana, después volvió a sentarse frente al ordenador. En la pantalla, una especie de laberinto le invitaba a jugar, las luces parpadeaban, lo que molestó a Aitor, que cerró de inmediato el juego. Estaba cansado, apagó el ordenador y se fué a dormir.
Al día siguiente amaneció con un sol radiante, como si la tormenta hubiera sido un sueño. Después de desayunar, Aitor salió apresuradamente de casa, atravesó el jardín, aún seguían las huellas de sus zapatos. Retrocedió y volvió a mirar esas marcas en el barro. Luego pisó al lado y comparó las huellas. El dibujo de ambas era diferente, y las primeras eran más profundas, como si alguien hubiera pisado sobre sus huellas. Ahora ya estaba seguro de que alguien le había seguido. Se alejó meditabundo.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Tengo tanto...
Tengo
tu sonrisa,
limpia, pícara
y dulce.
Tus ojos
de mirada
triste...
La complicidad
que anhelaba,
ese hilo invisible
que une distancias.
Tengo la fé
que nunca perdí,
y la esperanza
de un encuentro.
Tengo tanto...
Y aún extraño
sumergirme
en tus poemas,
en tus mil historias
que hacía mias,
en cada oscura
noche de soledad,
en la que resurgías
con tus cuentos,
cuando al límite
de la tristeza,
aparecía al fín
la inspiración.